martes, 25 de septiembre de 2018

ARTE, CULTURA Y SOCIEDAD




Hablar del poder transformador de la cultura resulta casi un insulto para las mentes ilustradas o para los pueblos que se han expresado a través de los lenguajes del arte y la cultura por siglos. Sin embargo, en el contexto nacional la conciencia sobre la potencia transformadora del arte y la cultura es muy precaria, perversa en otros casos y en muchos, inexistente.

La cultura es en esencia lo que realmente se transforma en una comunidad, transformándola a la vez y transformando por supuesto al ser, al individuo. La falta de conciencia sobre el papel transformador de la cultura ha hecho que el país como el nuestro desconozca sus orígenes, sus valores originarios, ubique por fuera de sí sus principales referencias, desconozca a sus pares, subvalore la riqueza de la diversidad y permanezca por años ajeno a su propia realidad. La ausencia de una comprensión profunda sobre lo que ha hecho que esta cultura se asigne a un lugar precario en el desarrollo.

La confusión entre arte y cultura dificulta enormemente la comprensión de la tarea política y social que ambas juegan en la constitución de un modo de ser nacional, local e individual, la primera como marco general, y la segunda, el arte, como expresión cualificada de esa cultura. Y tal vez la tarea más urgente por cumplir, el escenario más profundo por abordar para realizar las transformaciones reales que Colombia requiere, es la de conceder a la cultura el lugar que corresponde, y a las artes la misión enriquecedora de la vida que le compete.

La Identidad Cultural es una pieza clave en la personalidad de cada individuo, pues encarna su esencia, sinónimo de su ser. Ese ser que crece con el conocimiento, actuar y querer. Podemos definir la identidad cultural como un conjunto de valores, sentimientos, tradiciones, símbolos, creencias, orgullo y modos de comportamiento que tienen potencial de ser parte de la sociedad y el arraigo que constituyen la diversidad al interior de las mismas en respuesta a los intereses, códigos, normas y rituales que comparten los grupos dentro de la cultura.

Se requiere, entonces, rescatar, revivir y difundir las costumbres del ayer antes de que el abandono las suma y el olvido total. Aún quedan esperanzas, y mientras haya un abuelo que les cuente a sus nietos alguna historia lejana, les cante una copla, les recite un poema, les enseñe un juego tradicional o les hable del pasado, nuestras raíces no morirán.

Es indispensable que la cultura sea vista en su verdadera dimensión, que seamos capaces de preservar nuestras raíces y de leer también las nuevas expresiones que brotan a diario en las comunidades. Bastaría aguzar la mirada y el corazón para escuchar las canciones, los poemas, los mitos, las leyendas y las variadas manifestaciones que claman para seguir existiendo.

De mi parte, me propongo en mi diario discurrir, trabajar en beneficio de nuestra nativa identidad a nivel cultural, artístico y deportivo utilizando la poesía, la música y el canto como medios de transmisión oral para incubar la semilla de las costumbres ancestrales, intentando que trasciendan en la historia.


“El habla canora cantada y rimada sirve de apoyo a la memoria, el poeta soñando despierto canta su eterno soñar”.



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Fuentes: Diario elespectador.com y conceptos personales. Imagen: Girasol Rebelde, óleo de Antonio María Benitez.



Mi foto
Ingeniero de profesión, artista por vocación. Vi la luz en la población de Paz de Río (Boyacá, Colombia) en un mes de Abril del año de 1952, pero actualmente, resido en la ciudad de Tunja, capital de nuestro Departamento. Escribo mis poemas con versos sencillos que, por lo general, se convierten en canciones. Me gustan las artes y suelo pintar, canto e interpreto la guitarra, salgo a pasear en bicicleta, disfruto de la vida, cultivo amistades y vivo contento. Soy, en resumidas cuentas, un bohemio soñador con ganas de ser poeta, guitarrero y trovador.