miércoles, 31 de mayo de 2017

EL HOMBRE DEL CABALLO

Por: Esther Polo, 26 de mayo 2017 

Dicen que cuando una persona es bebé, puede experimentar muchas cosas, percibir emociones, sentir alegría y tristeza, que son el contraste perfecto. Sin embargo, yo solía ser muy feliz imaginando mundos diferentes, creando nuevas alternativas que me permitían desconectarme del mundo real, ese mundo en el que los grandes se quejaban todo el tiempo, tan lleno de dificultades, tan desolador y confuso, pero sobre todo lleno de interrogantes, y uno de esos tantos interrogantes estaba colgado en lo que parecía la sala de la casa. Era la fotografía de un hombre sobre un caballo, al que no se le podía ver muy bien el rostro, aunque me inquietaba mucho porque no sabía quién era y jamás lo había visto en persona.

Un día me acerqué a mi hermana, Edith Sofía, a quien cariñosamente le decíamos la ‘Negra’ y le pregunté: “¿Quién es el hombre del caballo?”. Y ella, que solía ser muy dulce conmigo, me respondió que ese hombre había sido el esposo de mi mamá, y que ella y él habían formado una familia, habían tenido hijos, que yo era parte de esa familia y que ese hombre era nada más y nada menos que mi padre. Recuerdo que le había preguntado a mi madre qué era un papá, pero ella no me había contestado, no obstante, en ese momento surgió un nuevo interrogante: ¿dónde estaba el hombre de la foto? Le volví a preguntar a la ‘Negra’, pero esta vez su rostro se descompuso y entre tanto vacilar dijo: está muerto.

Tenía 5 años, pero me preguntaba una y otra vez: ¿qué es estar muerto? ¿Tiene remedio? ¿Duele? ¿También moriré? Y solo pude comprender la magnitud de esa cosa que se llama la muerte, el día que la abuela no volvió a abrir sus ojos jamás. Sentí una comezón extraña en el estómago, era como si tuviera pirañas dentro de mí, amaba tanto a la abuela que quería que me sepultaran con ella, pero nadie quiso consolarme y me tocó aprender a vivir con la ausencia de esa persona que tanto me quiso y me protegió.

Detestaba y aún detesto los rituales que hacían para los muertos, las personas lloraban hasta quedar inconscientes. El rezandero, que es la persona que dice oraciones y cosas durante nueve noches, era de mi desagrado, me parecía un personaje extraño, con demasiados ademanes y muy suspicaz. Sin embargo, él era el encargado de supuestamente guiar al espíritu de la persona que muere para que descanse en paz y encuentre la luz, para que no se quede atormentando a sus familiares, etc. Entender todo esto era muy complicado para mí, por lo que nuevamente pensé en el hombre del caballo: ¿se encontraría en el inframundo o en el Hades? ¿Qué habría ocurrido si lo hubiera conocido aunque fuera por un instante? Me preguntaba si sabía de mi existencia, si me quiso alguna vez, si alguna vez me acarició aunque estuviera en el vientre de mi madre, en fin, armaba y desarmaba rompecabezas.

Durante mucho tiempo soñé con la figura del hombre del caballo corriendo y ganando carreras en su hermoso caballo, conquistando trofeos o como esos vaqueros del oeste en las películas de Hollywood y cosas así. Sin embargo, mi hermana, la Negra, me contó que en realidad se trataba de un campesino que cultivaba la tierra, ordeñaba las vacas, criaba muchos animales y era un padre respetuoso al que no se le podía desobedecer o habría terribles consecuencias para el osado. Me dijo que detestaba la pereza y que nunca entraba a la cocina, que una vez ella le tuvo miedo porque a causa de una terrible caspa se rapó la cabeza y ella le temía a los calvos; que mi mamá lo había hecho cambiar mucho porque ella venía de un mundo diferente al de él, que perdió la cabeza por mi madre y decidieron tener 10 hijos.

Conocer la causa de la muerte de mi jinete favorito me desconcertó, por lo que desde entonces me pregunto: ¿por qué los seres humanos nos exterminamos entre sí? ¿Cuál es la razón de tan macabra acción? Entonces, empecé a concluir lo absurda y dolorosa que es la guerra: me arrebató a mi padre y con él todo su cariño, dejó viuda a mi madre y huérfanos a mis hermanos y a mí, nos quitó la casa, la tierra, me quitó a mi hermano y dejó huérfanos a mis sobrinos; nos ha hecho tanto daño que no alcanzo a ver su magnitud… 

Descubrí que había algo anormal con respecto a mi padre: él no era igual a los otros muertos, no estaba en un cementerio, entonces ¿dónde estaba? Mi mamá me contó que lo habían tenido que sepultar en la finca para que los animales no se lo comieran, era algo fuera de lo común para mí, pero no para este país que parece un enorme cementerio y que han pretendido matarle las esperanzas a cualquier costo.

Hace casi siete años (30 de mayo de 2010), la Fiscalía General de la Nación nos entregó a mi padre en un pequeño cajón, después de un largo proceso de exhumación, pruebas de ADN y todos esos estudios que hacen, después de veinte años me permitieron estar cerca del hombre que está en la foto en mi casa montado en un caballo, un hombre que es prácticamente tierra, soy consciente de la descomposición del organismo humano, de que a todas las personas de una u otra forma nos va a pasar lo mismo, pero, a pesar de todo el asunto biológico y de pensar que no me afectaría, terminé diciéndoles que me parecía injusto que yo estuviera en esa situación, que no quería que otra persona conociera así a los seres que ama, que me dolía mucho saber que eso que observaba era lo único que quedaba del ser que aportó 23 de sus cromosomas para que yo estuviera allí parada, me sentí como cuando murió la abuela y mi dulce hermana, la Negra; volví a sentir la misma comezón en el estómago, una tristeza infinita que desencadenó algo que había más allá de lo que yo, aparentemente, percibía.

Mi depresión empezó cuando aún me gestaba en el vientre de mi madre y coincidió con la masacre de la que fue víctima mi familia. Ahora, lidio con ella día a día. Ya perdí la cuenta de las veces que he intentado ponerle punto final a mi existencia, pero he descubierto que acompañar los dolores de otra gente que también han padecido esta guerra me facilitará encontrar el hilo que quizás me ate a la vida.

Me habría encantado crecer junto a mi padre Antonio, su nombre de pila. Ahora recuerdo mucho una frase de Yehuda Amijai: “Por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre”.

ESTHER POLO
Montería.

Fuente: El Tiempo.com

Este artículo se publica gracias a la beca '200 años en paz, storytelling para el posconflicto', apoyada por la Escuela de Periodismo de EL TIEMPO, la Embajada de Suecia, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Universidad de La Sabana.


martes, 30 de mayo de 2017

HERMOSA CARTA DE AMOR




Por AMY KROUSE ROSENTHAL. 4 de marzo de 2017.

Antes de morir de cáncer, la autora Amy Krouse Rosenthal escribió esta columna para que su marido vuelva a encontrar el amor. 

Rosenthal, a la que se le diagnosticó cáncer de ovarios en 2015, escribió más de 30 libros infantiles y es la única autora en haber publicado tres obras en un mismo año que se incluyeron en la lista «Mejores Libros para Niños y Alfabetización Familiar».

Deberías casarte con mi esposo...

Llevo un tiempo intentando escribir esto, pero la morfina y la falta de hamburguesas jugosas (creo que ya van cinco semanas sin comida de verdad) me han dejado sin energía y han interferido con lo que me queda de capacidad de prosa. Además, las siestas que me pegan a la mitad de escribir alguna oración claramente no han permitido que trabaje tan rápido como me gustaría hacerlo. Aunque, hay que admitirlo, también me dan algo de diversión psicodélica. 
Pero tengo que terminarlo ya porque tengo una fecha límite,una muy cercana. Necesito decirlo, y hacerlo bien, mientras tengo tu atención y todavía tengo un pulso. 

He estado casada con el hombre más maravilloso durante 26 años, planeaba que fueran otros tantos.

¿Quieren oír un chiste morboso? Una pareja casada llega a la sala de emergencias el 5 de septiembre de 2015. Unas horas y varios estudios después, el doctor les indica que el dolor inusual que siente la esposa en su costado derecho no es apendicitis, como pensaban, sino cáncer de ovario. 

La pareja regresa a casa el 6 de septiembre, y descubre en medio de la conmoción que ese día que supieron lo que se avecina también es el día en el que empiezan su vida como aves de un nido vacío. La menor de sus hijos acaba de irse a la universidad. 

Ya no habría viaje con mi esposo y mis padres a Sudáfrica. Ya no hay razón para buscar la beca de Harvard Loeb, ni para hacer ese viaje soñado por Asia con mi madre. Para qué pensar en intercambios laborales en India, Vancouver o Yakarta. 

No es coincidencia que las palabras cáncer y cancelar son tan similares. 

Adoptamos entonces el plan alterno, que apodamos “ser”, para vivir el presente. Para el futuro, quiero presentarles al protagonista de este artículo, Jason Brian Rosenthal. 

Es fácil enamorarse de él. A mí me tomó un día. 

Déjenme explicar: el mejor amigo de la infancia mi padre, el “tío” John, me conocía tanto a mí como a Jason desde que somos pequeños, aunque por separado, por lo que nunca nos habíamos encontrado. Fui a la universidad en la Costa Este estadounidense y luego me mudé a California. Cuando regresé a Chicago, John –quien pensaba que Jason y yo éramos perfectos el uno para el otro– organizó una cita a ciegas. 

Era 1989 y solo teníamos 24 años. Tenía exactamente cero expectativas de que la cita sería provechosa. Pero cuando tocó a la puerta de mi pequeña casa, pensé: “Oh, no, esta persona es muy simpática”. 

Para cuando acabamos de cenar, me quería casar con él. Jason llegó a la misma conclusión, un año después. 

Nunca he estado en Tinder, eHarmony ni nada así, pero voy a crear un perfil general de Jason, hecho a partir de mi experiencia con él tras 9490 días de vivir en la misma casa. 

Empecemos por lo básico: mide 1,78 metros, pesa 72 kilos, tiene ojos color avellana y cabello entrecano. 

Ahora va una lista de sus atributos, en ningún orden en particular, porque todos me parecen importantes: 

Se viste bien. Nuestros hijos —que son adultos jóvenes—, Justin y Miles, a veces le piden prestada su ropa. Los que lo conocen o quienes llegan a avistar el espacio entre sus pantalones de vestir y sus zapatos saben que tiene un don para usar calcetas fabulosas. Está en forma y disfruta de ejercitarse. 

Si nuestro hogar hablara, agregaría que Jason es asombrosamente habilidoso. Cuando se trata de comida… ¡wow, este hombre sabe cocinar! Después de un largo día no hay mayor regocijo que verlo cruzar la puerta con una bolsa del supermercado en las manos y me vuelve a conquistar con un aperitivo de aceitunas y algún queso que consiguió, en lo que cocina una cena. 

A Jason le encanta escuchar música en vivo: es lo que más nos gusta hacer juntos. También debería de añadir que nuestra hija de 19 años, Paris, prefiere ir a un concierto con él que con cualquier otra persona. 

Cuando escribía mi primer libro de memorias, mi editora dibujaba círculos en varias secciones sobre las cuales quería que elaborara. Decía: “Quiero saber más sobre este personaje”. 

Estoy de acuerdo, claro, era un personaje cautivador. Pero podría haber dicho solamente: “Jason. Escribe más sobre Jason”. 

Es un gran padre. Pregúntenle a quien sea. ¿Ven a esa persona en la esquina? Pregúntenle a ella, sabrá responder. Jason es compasivo… y puede voltear los panqueques en el aire. 

Jason pinta. Amo sus obras. Lo llamaría un artista excepto que tiene una maestría en Derecho, lo que significa que está en su oficina de 9:00 a 17:00 la mayoría de los días. O, al menos, ahí estaba antes de que me enfermara. 

Si buscas a un acompañante de viajes de ensueño y con un espíritu entusiasta, Jason es ideal. También le gustan las baratijas pequeñas: cucharas para degustación, frasquitos o una escultura miniatura de una pareja sentada en una banca, que me regaló como un recordatorio de cómo empezó nuestra familia. 

Ese es el tipo de hombre que es Jason: llegó al ultrasonido de nuestro primer embarazo con flores. Es el tipo de hombre que, ya que siempre se despierta temprano, me sorprende los domingos en la mañana al hacer caritas felices con algo que se encuentre cerca de la cafetera: una cuchara, una taza, un plátano. 

Es el tipo de hombre que sale de alguna tienda de autoservicio o gasolinera y dice: “Dame la palma de tu mano” y, voilà, aparece una bola de chicle colorida. (Ya sabe que me encantan todos los sabores excepto el blanco). 

Supongo que ya saben suficiente sobre él como para darle “sí” a su perfil. 

Esperen. ¿Ya mencioné que es increíblemente guapo? Voy a extrañar ver su cara. 

Si todo les suena a que es un príncipe y nuestra relación es salida de un cuento de hadas, no están muy equivocados, con excepción de todas las posibles peleas pequeñas que surgen cuando vives con alguien durante dos décadas y media. Ah, y excepto esa parte de la historia en la que me dio cáncer. ¡Puaj! 

En mi libro de memorias más reciente (que escribí antes de que me diagnosticaran), invité a los lectores a enviar sugerencias para que nos hiciéramos el mismo tatuaje, con la idea de que el autor y el lector estarían así unidos por medio de la tinta. 

Lo dije muy en serio y pedí que los lectores se lo tomaran en serio también. Llegaron cientos de propuestas. Unas semanas después de haber publicado el libro, en agosto, una bibliotecaria de 62 años de Milwaukee llamada Paulette envió su sugerencia: 

La palabra “más”. En uno de los ensayos del libro mencionaba que esa fue la primera palabra que dije (lo cual es verdad). Y, ahora, puede que sea la última (solo el tiempo lo dirá). 

En septiembre, invité a Paulette a que se reuniera conmigo en un estudio de tatuajes de Chicago. Ella se lo hizo (era su primero) en la muñeca izquierda y yo me hice el mío en el antebrazo izquierdo, con la caligrafía de mi hija. Es mi segundo tatuaje; el primero es una “J” que he tenido en el tobillo desde hace 25 años. Probablemente pueden adivinar a qué se refiere. Jason también tiene uno, pero con más letras: “AKR”. 

Quiero tener más tiempo con Jason. Quiero tener más tiempo con mis hijos. Quiero tener más tiempo para disfrutar de unos martinis los jueves en la noche en el Green Mill Jazz Club. Pero eso no va a suceder. Probablemente, solo me quedan algunos días como persona en este planeta. Entonces ¿por qué hago esto? 

Terminé de escribir esto en el Día de San Valentín, y el regalo más genuino (que no sea un jarrón miniatura) que puedo esperar darle es que la persona apropiada lea esto, busque a Jason y empiece otra historia de amor. 

Con todo mi amor, Amy. 


Amy Krouse Rosenthal es autora de 28 libros infantiles y del libro de memorias “Textbook Amy Krouse Rosenthal”. Nació y murió en Chicago (1965 - 2017). 


Fuente: The New York Times. 


Mi foto
Ingeniero de profesión, artista por vocación. Vi la luz en la población de Paz de Río (Boyacá, Colombia) en un mes de Abril del año de 1952, pero actualmente, resido en la ciudad de Tunja, capital de nuestro Departamento. Escribo mis poemas con versos sencillos que, por lo general, se convierten en canciones. Me gustan las artes y suelo pintar, canto e interpreto la guitarra, salgo a pasear en bicicleta, disfruto de la vida, cultivo amistades y vivo contento. Soy, en resumidas cuentas, un bohemio soñador: con ganas de ser poeta, guitarrero y trovador.