lunes, 8 de septiembre de 2014

EN SUS PROPIAS PALABRAS

ANA MERCEDES HOYOS, la recientemente fallecida pintora y escultora colombiana, escribió su propia reseña en febrero pasado con motivo de la inauguración de su última retrospectiva. Me permito publicarla en este blog como homenaje a una de las más destacadas artistas plásticas del país:

Soy Ana Mercedes Hoyos, escribo desde mi estudio, frente a mi último trabajo, unas pinturas sobre el salto del Tequendama, una cascada en las cercanías de Bogotá, y emblema de la mitología indígena. Recuerdo mi infancia porque a este sitio fui muchas veces con mis padres, Manuel José Hoyos Toro y Ester Mejía Gutiérrez.

Mi trabajo es cada vez más disciplinado. Hace 4 años que no viajo. Instalada permanentemente en Bogotá, me he compenetrado con el entorno más íntimo que comparto con mi esposo Jacques Mosseri, con quien convivo hace 46 años, junto con Ana, nuestra hija, y las nietas Ana y Helena. 

Mi infancia y mi adolescencia fueron maravillosas en compañía de mi hermana María Elvira, que nació en septiembre de 1946. Nuestra primera educación fue privilegiada, con clases particulares, viajes a Europa, México y Estados Unidos y celebraciones permanentes. Estudiamos en el Colegio Marymount de Bogotá. Pero esto no era lo que Ana Mercedes quería. Sentía que el mundo era más grande. (Vea en fotos: El legado de Ana Mercedes Hoyos)

Manuel Hoyos se había encargado de mostrarme libros y museos; de su mano visité frecuentemente el Museo del Prado para ver Las Meninas, de Velázquez. En la casa había obras de Rómulo Rozo, Jesús María Zamora, Gonzalo Ariza y Luciano Jaramillo, quien sería mi primer profesor de pintura.

En 1960 me gradué en el colegio. Hasta aquí, mi vida había transcurrido entre algodones. Estaba predestinada a ser una gran señora. Pero había otros caminos. Tuve que pelear para entrar a la universidad; primero un semestre de dibujo arquitectónico en la Javeriana femenina. Manuel Hoyos no quiso una universidad mixta. Con dificultad logré que me pasaran a la Facultad de Arte de la Universidad de los Andes, y allí conocí a la crítica de arte Marta Traba, quien influyó definitivamente en mi decisión de ser artista. Mi vida cambió, iba a tomar mi propio camino, y esto conllevaba muchos problemas familiares y personales. Ana Mercedes Hoyos empezaba a pensar diferente.

Aun frecuentando y haciendo la misma vida, comencé a descubrir el mundo intelectual, a los profesores artistas y a los compañeros de generación, como a Momo del Villar, que estudiaba arte en la Universidad Nacional. Yo lo seguí en la escuela de arte de esta universidad; se convirtió en gran amigo y cómplice. Luego se nos unió Manolo Vellojín, y nos convertimos –según Enrique Grau– en ‘los Tirapiedras’.

Conocí a Jacques Mosseri, y a los dos meses tomé la decisión de irme con él a casarnos en Nueva York. Es el hecho más importante de mi vida. Dejé mi casa paterna y comencé con Jacques una nueva vida. Tenía que alcanzar para vivir lo que entre los dos podíamos producir. El cariño era nuestra gran riqueza, a pesar de las diferencias de crianza religiosa (la maravillosa familia de Jacques es judía; la mía, católica), Jacques me aportaba nuevas ideas políticas y artísticas; no teníamos que estar de acuerdo en todo.

Después del matrimonio civil pasamos un mes en Nueva York, instalados en una suite del Albert Hotel de Washington Square, el centro del jipismo. Pagábamos 50 dólares a la semana, con frecuencia teníamos que subir a pie los once pisos del destartalado edificio con un ascensor en ruinas. Era el año 1967, se presentaban exposiciones grandiosas sobre los nuevos movimientos artísticos. El arte pop estaba en su esplendor.

De regreso a Bogotá, nos instalamos en el pequeño apartamento de Jacques en el barrio La Macarena, y desde allí empezamos a construir juntos. Veíamos el barrio vecino Bosque Izquierdo, queríamos vivir allá. Finalmente lo logramos, y entre los dos, con la ayuda de mi papá y de Julio Bonilla Plata, construimos nuestra casa actual y hace 45 años estamos ahí.

Yo había dejado la universidad sin grado, seguí en la universidad de la vida hasta que en el año 2000, la Universidad de Antioquia me otorgó el título Honoris Causa de Maestra en Artes Plásticas. En realidad, el fundamento de mi trabajo es la construcción. Mi papá, al igual que Jacques, es arquitecto urbanista. Manuel Hoyos es además constructor y autor de muchas de las casas de conservación en los actuales barrios residenciales de Bogotá.

En 1968 hice mi primera exposición individual en la Galería UD, situada en el Quiosco de la Luz del parque de la Independencia. Fue muy exitosa y conté con el apoyo de los mejores: Fernando Martínez (‘El Chuli’), Rogelio Salmona, Alejandro Obregón y mi amiga Marta Traba, entre otros.

Después participé en exposiciones colectivas y concursos de pintura. Recuerdo especialmente la de Espacios Ambientales, que organizó Marta Traba en el Museo de Arte Moderno de la Universidad Nacional. Con Feliza Bursztyn, Álvaro Barios, Santiago Cárdenas, Bernardo Salcedo, Fernando Martínez y el maestro de obra Víctor Celso Muñoz. En esta ocasión obtuve el primer premio.

El 24 de octubre de 1969 nació Ana, nuestra única hija, y este hecho es para mí el evento más grande de mi vida y, definitivamente, el que organizó mi corazón y mi cabeza.

Todo se vuelve muy trascendental. En 1978 me otorgaron el Primer Premio del XXVIII Salón Nacional de Artistas con el cuadro Atmósfera. No dudo que este fue un gran logro, pero también un motivo de problemas y, desafortunadamente, el primer golpe que me dio el difícil camino del arte en Colombia, donde la competencia es brutal.

La obra Atmósfera trasciende a nivel internacional. Ángel Kalenberg me invita a participar en la Bienal de París y luego, junto con Roberto Pontual, organizaron la exposición Geometría Sensível, con obras de varios artistas de Latinoamérica y en homenaje a Joaquín Torres García en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro. Poco después de la inauguración se incendió el museo y se perdieron todas las obras, que incluían maravillas del arte universal.

Marta Traba se va de Colombia y llega Eduardo Serrano, que se convierte en mi gran amigo. Él tiene una visión muy actualizada sobre el arte y, especialmente, de la escena de Nueva York. Llega a dirigir la Galería Belarca en Bogotá, alrededor de la que se crea una visión nueva y dinámica del arte colombiano. Luego viajamos juntos a Nueva York. Desde entonces mantengo allí una segunda casa.

En plena época de atmósferas planeé una exposición en la Galería Alessandra que finalmente no se lleva a cabo, pero me vinculo al mundo artístico de Nueva York. Me movía entre esta ciudad y Bogotá, y en una parada en Cartagena encontré en la playa una palangana llena de frutas. Conocí a su dueña, la palenquera Zenaida, una mujer maravillosa. La organización de su recipiente coincidía con una investigación que adelantaba sobre el constructivismo y el cubismo en la historia del arte a través del bodegón.

Desde Cèzanne, Negret, Picasso, Jawlensky, Zurbarán y Caravaggio visualicé esta conjunción en ese platón de frutas y me decidí a pintarlo y a explorar un mundo que no conocía: la población negra en Colombia a través de San Basilio de Palenque, una comunidad de 3.000 personas, descendientes de esclavos emancipados que se refugiaron allí por 400 años.

En Nueva York, la revista Newsweek me dedicó una entrevista en su página final, People, en 1988. En 1992 la Fundación Japón me invitó a visitar ese extraordinario país en un programa para artistas y jefes de Estado. Luego, en 1993, presenté una exposición en la Galería Yoshii de Nueva York sobre el tema de Palenque.

En el año 2000, el Gobierno norteamericano me invitó a participar en una conferencia sobre “Cultura y Diplomacia” en la Casa Blanca, bajo la dirección del presidente Bill Clinton.

En el 2004, Luis Martín Lozano, director del Museo de Arte Moderno de México, me invitó a una exposición retrospectiva simultánea con la del Diego Rivera cubista, para mí la figura más importante del siglo XX. En México, y con Diego Rivera, consolido mi visión de América. Este país me adopta; por él tengo un gran sentimiento de admiración y gratitud.

La conciencia de nuestro pasado indígena, la conquista por los españoles y la llegada de los esclavos de África afianzan mi identidad. Soy colombiana, y quiero transmitirlo a través de mi trabajo.

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Ana Mercedes Hoyos (1942 - 2014) fue una iconoclasta, que se bajó de su pedestal para abrazarse con las mujeres y los hombres de los palenques y las playas del Caribe. Fue un maravilloso ser humano. Una rebelde con causa. Una mujer excepcional. Y su temprana partida nos deja muy tristes... Qué frágiles son las cosas que se aman de verdad. (Gabriel Silva Luján)

Fuente: El Tiempo.com
Ana Mercedes Hoyos
Artista plástica.


Mi foto
Ingeniero de profesión, artista por vocación. Vi la luz en la población de Paz de Río (Boyacá, Colombia) en un mes de Abril del año de 1952, pero actualmente, resido en la ciudad de Tunja, capital de nuestro Departamento. Escribo mis poemas con versos sencillos que, por lo general, se convierten en canciones. Me gustan las artes y suelo pintar, canto e interpreto la guitarra, salgo a pasear en bicicleta, disfruto de la vida, cultivo amistades y vivo contento. Soy, en resumidas cuentas, un bohemio soñador: con ganas de ser poeta, guitarrero y trovador.