miércoles, 19 de agosto de 2015

MONGUÍ, EL PUEBLO MÁS LINDO

EN MONGUÍ, EL PUEBLO MÁS LINDO DE BOYACA, todos los días, a las ocho de la mañana, el Himno del Municipio suena por los altavoces de la plaza principal. Una fanfarria exultante que, como todos los himnos, celebra con entusiasmo los valores de la tierra y de la raza. 

Cuando suena nadie se detiene en sus quehaceres. El que sube sigue subiendo; el que baja, sigue bajando. Los que vienen cruzando la plaza la atraviesan con el paso lento que obliga la inclinación; los que cosen balones enhebran o tiran del cáñamo para unir los cascos de cuero sin que el himno los distraiga. 

Ni las ovejas se inmutan, ni los perros ni los gatos, si acaso una paloma, de las que no faltan en ningún parque, que despistada se haya posado sobre uno de los parlantes. Parece, entonces, que el himno se hubiera convertido en parte del paisaje.

Lo curioso es que aquí el paisaje es ajeno a la monotonía. Cambia continuamente porque el clima es caprichoso e inconstante, y de un sol vibrante que resalta los colores tierra de la Basílica y pone a brillar las fachadas blancas de las casas; se puede pasar, en segundos, a un manto de llovizna tenue que hace palidecer los tonos, cierra el horizonte y acelera el paso de los que suben, bajan o atraviesan la plaza principal de este pueblo boyacense.

La Basílica, que surge como telón de fondo, se impone sobre todas las demás construcciones. Es de estilo románico, hecha en calicanto, con piedras enormes que bajaron los indígenas de la región en rastras tiradas por bueyes, desde la peña de Otí. Los de la tribu Sanoha, según está escrito también en piedra, en una placa, en alguna pared. Y es que más allá de la anécdota de la construcción de la Basílica y el convento, en la que se entrelazan destinos indígenas y españoles, todo Monguí es una exposición de este cruce.

Las calles, los puentes, las fachadas respiran la mezcla cultural, el choque, la imposición de una civilización sobre otra, la resistencia por salvar lo autóctono, la historia centenaria de nuestro mestizaje.Pasadas las ocho, y pasado el himno, una muchacha se sienta junto a una estatua que representa a un minero de carbón.

Tal vez quiere aprovechar el sol que se ha asomado por un momento, o tal vez esa estatua, como casi todas las del mundo, también puede ser un punto de encuentro y ella se ha sentado a esperar. Si no es fin de semana, la plaza luce más bien vacía, sin turistas, y solo quienes viven en Monguí la cruzan como parte de sus trayectos o para subir a misa en las mañanas o en las tardes. 

Monguí nació de la idea española de crear ‘reducciones’ a lo largo del territorio colonizado. Congregar tribus indígenas para ejercer sobre ellas un control político, policivo, económico y, por supuesto, religioso. Así se pobló Monguí en sus comienzos, allá por el año de 1601, en un relieve de la cordillera Oriental. Desde entonces se han venido combinando las labores de la talla ornamentada en la madera, para altares y otros lujos, con los tejidos de lana, para las ruanas y mantas, y del andar apurado de los indígenas y su tristeza, acompañado de los instrumentos de cuerda traídos de España, surgieron danzas y ritmos como el torbellino o el pasillo boyacense.

En el área urbana de Monguí se entrecruzan pocas calles, casi todas adoquinadas, que llevan a las veredas vecinas y a los lugares donde la naturaleza se luce a su gusto. Bien arriba, a un par de horas a pie, está el páramo de Ocetá, que los mismos monguiseños califican, sin ninguna modestia, como “el más hermoso del mundo”. Y pueden tener razón.

La flora del páramo es inverosímil, en formas tan extrañas y en verdes que superan toda la gama, y entre el verdor, cada tanto, emerge una flor extravagante con un color chillón. Para completar la rareza del paisaje, se asoman rocas enormes como parte de una memoria prehistórica que sigue allí para acentuar el misterio del páramo. Cada vez que se sube es como si se llegara a un lugar diferente porque el clima cambia el paisaje de manera radical. Si se cuenta con la suerte de tener sol al final del día, dicen los lugareños que esos atardeceres no tienen precio.

De pronto también dicen: “Está nevando”, y aunque hace un frío digno de una nevada convencional, ellos se refieren a una mezcla de llovizna y neblina en la que apenas se puede ver un par de metros hacia delante, y entonces es mejor regresar y volver a esas calles donde en una esquina aparece un café, una panadería, una cantina y las fachadas en las que cuelgan los balones de fútbol que ya son parte de la tradición de muchas familias.

Desde los años treinta del siglo pasado se formaron microempresas que se dedicaron a la fabricación de balones que se venden en el resto del país y en el exterior. En una de ellas hay, incluso, un pequeño museo del balón.

Otro museo que será grande e importante cuando se termine su restauración es el de arte religioso, en el convento de los franciscanos, pegado a la Basílica. Los franciscanos ya no están. Los sacaron en el siglo XVIII, al parecer cuando también expulsaron a los jesuitas del país, luego de haberle dejado al pueblo la Basílica, el convento y la religión.

También dejaron algunas pinturas majestuosas de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, quien supuestamente vivió un año en Monguí, antes de enloquecer y morir. En la Basílica quedó otro cuadro que Felipe II le regaló al cacique de Monguí cuando este lo fue a visitar a España, alrededor de 1557.

En principio, el regalo no era este cuadro que lleva siglos en el altar. Era otro, pero por un trueque milagroso fue a parar a Monguí una virgen que en principio iba para Sogamoso, y apenas llegó, y para apropiársela, la bautizaron la Virgen de Monguí. Sin embargo, la Virgen no ha tenido una estancia tranquila.

Desde 1929, cuando el papa Pío XI autorizó su coronación, ella ha tenido tres coronas que fueron desapareciendo, una tras otra, por obra y gracia de los ladrones. La primera fue una simple lámina dorada, la segunda tenía piedras preciosas incrustadas y la tercera pesaba más de dos kilos, con oro, diamantes y esmeraldas. Dicen que esta última se la llevó alguien que participó en la grabación de una telenovela. Monguí, por el cuidado de su patrimonio arquitectónico, es también la locación perfecta para la filmación de películas y series históricas.

Otra vez la llovizna lava los techos y las calles del pueblo. Bajo los aleros, donde la gente se escampa y ve llover, hay rostros con expresiones difíciles de definir. Como de resignada tranquilidad, de cargar con la condena o el privilegio de vivir en un pueblo alejado de la realidad.

Mientras Colombia se desangra, Monguí parece vivir al margen, como en ese pueblo blanco al que le canta Joan Manuel Serrat, donde “por no pasar ni pasó la guerra, solo el olvido”, así Monguí todavía se concentra en sus tradiciones ancestrales, con un turismo que todavía los respeta, con un potencial turístico que para unos será la bendición y para otros, por el contrario, será la secuela de aquellas fiestas que hacía el diablo en la Peña de Otí, donde por estar bailando cayó junto con su mula hasta un pozo.

Para quien no crea el cuento, allá en otra piedra quedaron grabadas sus huellas, las de la mula y las del diablo. Vaya uno a saber si un diablo así es el que espera esa muchacha que, ahora que volvió a salir el sol, se sentó de nuevo junto a la estatua del parque a esperar, a soñar, a calentarse, a ver pasar el día o simplemente se sienta a vivir en el “pueblo más lindo de Boyacá”. Así se le ha reconocido, así lo llaman ellos, y yo creo que, una vez más, tienen la razón.

Monguí fue resguardo indígena desde 1596 y casi un siglo después lo fundó Alonso Domínguez. Está en el oriente de Boyacá, a 93 kilómetros de Tunja y a una altura de 2.900 m sobre el nivel del mar. Su extensión es de 81 kilómetros cuadrados, más de la mitad en pendiente. Temperatura promedio: 12 grados centígrados Su población es de unos 5.000 habitantes.


Fuente: El Tiempo.com
Autor: Jorge Franco Ramos

Mi foto
Ingeniero de profesión, artista por vocación. Vi la luz en la población de Paz de Río (Boyacá, Colombia) en un mes de Abril del año de 1952, pero actualmente, resido en la ciudad de Tunja, capital de nuestro Departamento. Escribo mis poemas con versos sencillos que, por lo general, se convierten en canciones. Me gustan las artes y suelo pintar, canto e interpreto la guitarra, salgo a pasear en bicicleta, disfruto de la vida, cultivo amistades y vivo contento. Soy, en resumidas cuentas, un bohemio soñador: con ganas de ser poeta, guitarrero y trovador.