martes, 21 de febrero de 2017

AVATARES DE LA VIDA


                                                                                                   

Corría el año de 1999, a mi manera de ver, todo parecía ir bien en nuestras vidas: junto a mi compañera criábamos a nuestros tres hijos, pagábamos la hipoteca de la casa y las cuotas del carro, con el fruto de mi trabajo como ingeniero contratista y, el de ella, como cajera de un banco. Creíamos, entonces, que ya todo estaba encaminado hacia un futuro tranquilo y promisorio. De repente todo se puso de cabeza y ella fue despedida injustamente de su trabajo, con la disculpa de reestructuración empresarial, al tiempo que yo comencé a ser extorsionado y amenazado por uno de los grupos armados ilegales que operaban en la región, hasta el punto en que tuve que dejar de trabajar en la provincia y refugiarme en la ciudad para salvaguardar mi integridad y la de la familia. De ahí en adelante todo fue diferente, los ahorros se fueron consumiendo, el trabajo escaseaba, perdimos la casa y comenzó el calvario.  

A pesar de todo, luchando con uñas y dientes, logramos seguir adelante con la ayuda de la familia y alguno que otro amigo incondicional y, hoy en día, con lo poquito que tenemos vivimos tranquilos, sin lujos, pero con lo necesario para tener el pan de cada día. Gracias a Dios, logramos criar y educar a los hijos, disfrutamos de la felicidad de ser abuelos y obtenemos el sustento gracias a un pequeño negocio familiar. No contamos con ningún otro ingreso ya que no obtuvimos pensión de jubilación, pero aún así tenemos para sobrevivir de manera medianamente digna.

Situaciones como esta eran muy comunes por los años noventa, de un lado o de otro venían las amenazas, era casi un suicidio aventurarse a viajar por nuestros campos y veredas, en cualquier recodo del camino podrían estar los malandrines agazapados como perros de presa en espera de pasara algún viajero para secuestrarlo o despojarlo de sus pertenencias. Refugiados en la ciudad, no teníamos posibilidad de visitar nuestro pueblo natal, era muy arriesgado ya que los grupos insurgentes controlaban la zona y todo aquel que se atreviera a desafiar su supuesta autoridad se convertía en objetivo militar.

Por fortuna, la política de seguridad social implementada por el gobierno de entonces, logró el repliegue de los grupos armados y tuvimos algunos años de tranquilidad; luego vino una época de incertidumbre con el cambio de gobierno y, la inseguridad apareció nuevamente, hasta cuando se instalaron en la Habana las mesas de dialogo para el proceso de paz con las farc, proceso que después de cuatro años dio como resultado el cese bilateral del fuego, la desmovilización y el posible retorno de los insurgentes a la vida civil, eso esperamos todos los colombianos.

Ahora cuando los años nos pesan y el andar se hace lento, me pregunto si todo aquello fue justo, si en realidad esa era la suerte que merecíamos: ¿ser víctimas inocentes de un conflicto armado entre un gobierno indiferente e insurgentes desalmados y crueles que actuaban sin miramientos en contra de quienes ellos creían millonarios por el solo hecho de tener un trabajo decente? ¿O morir, como tantos, bajo las balas asesinas por la mera y simple sospecha de ser simpatizante de uno o de otro grupo? Todavía no lo comprendo, pero perdono y olvido; solamente anhelo que la paz llegue pronto y que tanto el gobierno como las guerrillas reconozcan sus atropellos y, al menos, reparen a sus victimas cumpliendo los acuerdos firmados en la Habana, evitando así que la injusticia social se siga pavoneando por nuestros campos y ciudades. Es lo mínimo que se merece nuestro sufrido pueblo.

Ya es tiempo de que nuestros campesinos puedan tener su parcela, de que en las ciudades haya oportunidades, de que nuestros niños tengan comida, salud y educación, de que nuestros jóvenes y adultos puedan trabajar, de que los adultos mayores tengan protección y de que haya verdadera equidad en nuestra patria adolorida. Ojalá que el post-conflicto sea pacífico y no vaya a resultar el remedio peor que la enfermedad... ¡Bienvenida sea la paz!


Rafael Humberto Lizarazo G.

Mi foto
Ingeniero de profesión, artista por vocación. Vi la luz en la población de Paz de Río (Boyacá, Colombia) en un mes de Abril del año de 1952, pero actualmente, resido en la ciudad de Tunja, capital de nuestro Departamento. Escribo mis poemas con versos sencillos que, por lo general, se convierten en canciones. Me gustan las artes y suelo pintar, canto e interpreto la guitarra, salgo a pasear en bicicleta, disfruto de la vida, cultivo amistades y vivo contento. Soy, en resumidas cuentas, un bohemio soñador: con ganas de ser poeta, guitarrero y trovador.