MI BLOG DE APUNTES, RAFAEL HUMBERTO LIZARAZO GOYENECHE (LIZARARTE) - CUENTOS, RELATOS Y ARTÍCULOS VARIOS PROPIOS O AJENOS.

viernes, 12 de octubre de 2018

TOMASA Y RAMÓN

La puerta se abrió de golpe, se escucharon gritos y una luz enceguecedora les pego en el rostro. –¡Quietos, nadie se mueva! –gritaron los intrusos– Ramón se levantó atolondrado y los enfrentó valientemente, en tanto que, Tomasa –tal como lo habían planeado– agarró el niño en brazos, salió por la puerta trasera, atravesó el solar y se internó en el bosque sin mirar atrás. Escuchó algunos disparos, pero no se detuvo: corrió y corrió durante casi toda la noche, hasta que, agotada, decidió parar para descansar un poco ya casi despuntando el amanecer.

Escondida entre unos arbustos, a la orilla del río, esperó la luz del día. Apenas despuntó el sol, buscó un vado y, con el agua casi hasta el cuello, cruzó el río con el bebé levantado en alto. Ya en la otra orilla agarró por los desechos hasta llegar al pueblo, se acercó a la casa cural, le contó al párroco lo sucedido y este la embarcó en una flota rumbo a la capital con una carta de recomendación dirigida a las monjitas del orfanato.

Tomasa y Ramón eran una pareja de campesinos entregados a Dios, a su hijo, a su vaquita lechera, a sus cuatro ovejas, a sus gallinas y a su entrañable parcela de lo cual, a duras penas, obtenían el sustento diario. Tenía su finquita, algo menos de dos fanegadas, el ranchito quedaba en la pata del cerro a la orilla de una quebrada que bajaba cantando desde lo alto por entre las piedras del zanjón.

Catorce meses hacía que Tomasa trabajaba en el orfanato ayudándoles a las monjas en los oficios domésticos, sin saber qué habría sido de Ramón; ella lo daba por muerto, aquella noche había escuchado los disparos. Ramoncito ya caminaba y empezaba a decir sus primeras palabras; no les faltaba nada, pero la pena era muy grande y la tristeza infinita, tan infinita como la distancia hasta su rancho.

Tomasa, con su balde y cantina, pasaba todas las mañanas por la orilla del barbecho que tenía Ramón frente a su rancho. Iba rumbo al potrero de abajo a ordeñar las dos vaquitas que sus viejos tenían para lo del diario vivir. Él se escondía detrás de la cerca y la la miraba pasar ilusionado, pero no se atrevía a "chistarle" ni una palabra. "Algún día la haré mi mujer" –pensaba pa'sus adentros– y ella suspiraba por su amor cada vez que se "topaban" de camino pa'l pueblo cada domingo o fiesta de guardar. Se habían casado hacía tres años, luego de que Ramón tuviera el valor de manifestarle sus intenciones.

En esas recordaciones estaba Tomasa, cuando el ruido de una noticia que retumbaba en la radio la regresó a su triste realidad.

Al momento, mientras la Madre Superiora rezaba su primer rosario del día, se escucharon por todo el convento los alaridos de Tomasa que desesperadamente gritaba: –¡Madre, Madre, dónde queda la personería, dónde queda la personería! –¡Acabo de escuchar en el radio que todos los desplazados podemos acercarnos allá, a rendir una declaración y obtener ayuda del gobierno pa'recuperar lo perdido por culpa del conflicto armado!

Al día siguiente, ya en la personería, Tomasa relató al funcionario encargado los trágicos hechos de aquella nefasta noche, cuando lo perdió todo en la vida.

–¿Y de su marido nunca supo nada? –Preguntó el funcionario encargado–. –No señor, yo salí despavorida con Ramoncito en brazos, y hasta la presente ando po’ahí refugiada en el convento, sin tan siquiera tener una tumba a donde ir a rezarle al Ramón.

–¿Cómo se llamaba su marido?  –Ramón, a secas, sumercé.

–¿Tiene el número de la cédula?  –Sí, señor, en este papelito la tengo apuntada.

El funcionario digito el número y esperó un momento. Cuando el sistema le respondió, se quedó pasmado, miró a Tomasa y le dijo: –su marido no está muerto, figura en la lista de los desplazados que llegaron a Bucaramanga, se registró hace ocho días y, según su declaración, él cree que la muerta es usted. –¡Gracias Dios mío! –Exclamó Tomasa–.

–¿Cómo le hago pa’poder verlo? –Preguntó ansiosa–. –Tranquila, señora, la Unidad de Atención a Las Víctimas se encarga del trámite, váyase para el convento que nosotros le avisamos cuando todo esté listo.

Quince días más tarde, cada uno con el corazón en la mano, viajaba hacia Tunja: ella desde Bogotá y él, desde Bucaramanga. El encuentro se iba a realizar en la Plaza de Bolívar, frente a la catedral, por sugerencia del curita del pueblo.

Cuando Ramón llegó a la plaza, ya Tomasa y Ramoncito lo esperaban en el atrio de la iglesia. Apenas lo vieron asomar, los dos corrieron hacia él y los tres se fundieron en un amoroso e infinito abrazo. Conmovidos, los delegados del gobierno lloraron de alegría.

Ramón había logrado huir de los facinerosos yendo de camino al campamento: en un descuido, se lanzó al río desde un puente colgante y se dejó llevar por la corriente hasta que el agua lo botó en un desplayadero por allá cerca de Capitanejo. Finalmente llegó a la capital de Santander y allí trabajó en el rebusque hasta cuando supo sobre el registro de víctimas y fue a declarar; lo mismo que haría Tomasa ocho días después.

Aquel fatídico día de su separación cogieron por caminos opuestos sin atreverse a volver, pensando que el otro estaba muerto y que, asomarse por la vereda, sería como despreciar la propia vida y también caer bajo el golpe las balas asesinas.

Ocho meses después del encuentro, luego de cumplir con todos los trámites legales, les fue restituida su parcela y felices volvieron a su terruño querido, a su hogar bendito para comenzar de nuevo y seguir labrando su tierrita. Asomaron a la loma de la cruz, se detuvieron a la vera del camino y extasiados miraron a lo lejos aquel valle tan bonito; el mismo que hace meses habían abandonado a causa de la violencia. Se tomaron de las manos, alzaron en brazos a sus hijo y cantando bajaron hasta el plan. Ese día hubo fiesta en la vereda, todos los vecinos y, hasta los mismísimos victimarios, salieron a recibirlos con abrazos de reconciliación: había llegado la tan anhelada paz trayendo consigo el perdón y la esperanza de una vida mejor.

Actualmente, Tomasa y Ramón, viven felices en su vereda: Ramoncito ya va a la escuela y Tomasita, quien ya tiene un añito, les alegra la vida con sus travesuras. Gracias a Dios, finalmente triunfaron la justicia y la verdad, pilares de la paz y de la prosperidad. Tal vez, de esta manera, logremos forjar un país más amable y esto no sea solamente el imaginario de un futuro mejor en el final feliz de algún cuento, sino una dichosa realidad.  



Rafael Humberto Lizarazo Goyeneche.
Tunja, agosto de 2017.


Mi foto
Ingeniero de profesión, pero artista por vocación (o al menos eso intento) en pro de la conservación de nuestra identidad cultural. Nací en Paz de Río, Boyacá, Colombia, en un 23 de Abril del año 1952. Actualmente, resido en la ciudad de Tunja, capital de nuestro hermoso Departamento. Escribo mis poemas con versos sencillos que, por lo general, se convierten en canciones. Me gustan las artes y suelo pintar, canto acompañado de la guitarra, monto en bicicleta, disfruto de la vida, cultivo mis amistades y vivo contento. Soy, en resumidas cuentas un bohemio soñador, con ganas de ser poeta y, de mis versos, cantor.